martes, 1 de noviembre de 2011

Los orígenes según los húngaros



Al principio no había tierra, ni animales ni plantas. Al principio sólo existía el Mar Sagrado, con sus eternas olas siempre en movimiento. Pero en las alturas, en una casa dorada, y sentado siempre en su trono de oro, vivía también el Gran Padre de los Cielos. El anciano, de barbas y cabellos blancos, cubierto con unas vestiduras negras recubiertas de miles de estrellas centelleantes, tenía siempre a su lado a su mujer, la Gran Madre Celestial, que se vestía con blancas vestiduras que también quedaban cubiertas por miles de estrellas. El Padre y la Madre Celestiales habían vivido desde el principio de los tiempos, y vivirían hasta el final de los mismos. Los padres celestiales tenían un hijo de cabellos dorados: el Dios Sol. Y fue éste el que un día le preguntó a su Padre:
- ¿Cuándo crearemos el mundo de los humanos, mi querido padre?
A lo que el padre, después de mucho pensar, respondió:
- Mi querido hijo, tienes razón. Creemos un mundo para los humanos y así ellos, que serán tus hijos, tendrán un lugar en el que vivir. - ¿Y cómo crearemos ese mundo?- preguntó de nuevo el Hijo. - Así es como lo haremos- respondió el Padre- En las profundidades del Mar Eterno, se encuentran las semillas durmientes que darán lugar al mundo. Desciende, por tanto, a las profundidades del gran mar y trae esas semillas, y así, podremos crear un mundo de ellas. El Hijo se preparó entonces para la misión que le había encomendado su Padre y, para poder cumplir mejor sus objetivos, se transformó en un pájaro dorado, un pájaro capaz de bucear. Y así, en forma de pájaro, voló hacia el Mar Eterno. Al llegar a la superficie del mar, se dejó mecer por las olas durante y un rato y, entonces, se sumergió y buceó hacia las profundidades del Azul, buscando su fondo. Pero se vio incapaz de alcanzarlo y, sin respiración, se vio obligado a volver a la superficie a tomar aire. Allí, descansó un rato, y, cuando hubo cobrado fuerzas de nuevo, cogió aire profundamente y se sumergió de nuevo en las azules profundidades. Y buceó más profundo, hasta donde ya no había luz, y siguió buceando en la oscuridad. Y el aire de sus pulmones se iba liberando lentamente, y las burbujas de aire que se elevaban en el agua eran como perlas que se rompían al llegar a la superficie del mar. Al final, golpeó el fondo del Mar y, tomando un poco de su arena con su pico, volvió con ella rápidamente a la superficie del agua. Y entre la arena que había cogido en el fondo del Mar Eterno, se encontraban las semillas durmientes. Y las semillas durmientes, una vez fuera del agua, se abrieron y crecieron, y se transformaron al fin en seres vivientes.

Los orígenes según los griegos



Antes del mar, de la tierra y del cielo que todo lo cubre, la naturaleza tenía en todo el universo un mismo aspecto indistinto, al que llamaron Caos: una mole informe y desordenada. Y aunque allí había mar, tierra y aire, la tierra era inestable, las aguas innavegables y el aire carecía de luz. Nada conservaba su forma, y unas cosas obstaculizaban a las otras, porque dentro de un mismo cuerpo lo frío se oponía a lo caliente, lo húmedo a lo seco, lo duro a lo blando, y lo que no tenía peso a lo no pesado. Entonces un dios separó el cielo de la tierra y la tierra de las aguas, y dividió el cielo puro del aire espeso. Cuando hubo desenredado estas cosas, y las hubo separado en lugares distintos, las entrelazó en pacífica concordia. El fuego surgió resplandeciente, y ocupó su lugar en la región más alta; próximo a él por ligereza y por el lugar que ocupa estaba el aire. La tierra, más densa que los anteriores, absorbió los elementos más gruesos, y quedó comprimida por su propio peso y el agua, fluyendo alrededor, ocupó los últimos lugares, y rodeó la parte sólida del mundo. Después ordenó a los mares que se expandieran, y rodearan las costas que ciñen la tierra. Añadió también fuentes, estanques inmensos y lagos, y contuvo entre orillas a los ríos. También ordenó que se extendieran los campos, se hundieran los valles, se cubrieran de hojas los bosques y se elevaran las montañas de piedra. Apenas había acabado de dividir todas estas cosas con límites bien definidos, cuando las estrellas, que durante largo tiempo habían permanecido apresadas en una ciega oscuridad, empezaron a encenderse y a centellear por todo el firmamento. Y para que ninguna región se viese privada de sus propios seres animados, las estrellas y las formas de los dioses ocuparon la superficie celeste, las olas se adaptaron a ser habitadas por los brillantes peces, la tierra acogió a las bestias y el blando aire a los pájaros. Pero todavía faltaba un animal más noble, más capacitado por su alto intelecto, y que pudiera dominar a los demás. Y así nació el hombre bien porque el artífice de las cosas lo fabricara con simiente divina, o bien porque la tierra que aún conservaba en su interior alguna semillas del cielo junto al que había sido creada, fuera mezclada con agua de lluvia, plasmando con ello una imagen a semejanza de los dioses. Y mientras los demás animales miran al suelo cabizbajos, al hombre Dios le dio un rostro levantado y le ordenó que mirara al cielo, y que, erguido, alzara los ojos a las estrellas.

Los orígenes según los Ainu (Japón)


Al principio, el mundo era un cenagal. Nada ni nadie podía vivir allí. Pero en los seis cielos que había sobre la tierra y en los seis mundos que existían debajo de ella, vivían dioses, demonios y animales. En los brumosos cielos inferiores vivían los demonios. En la estrella polar y en los cielos intermedios donde se encontraban las nubes vivían los dioses menores. En los cielos superiores vivía Kamui, el dios creador, y sus sirvientes. Su reino estaba rodeado por una muralla de un resistente metal y la única entrada que existían era una gran puerta de hierro. Kamui hizo este mundo como un gran océano que descansaba sobre el espinazo de una enorme trucha. Este pez sorbe el agua del océano y lo escupe de nuevo para crear las mareas, y cuando lo mueve causa terremotos. Un día Kamui miró hacia abajo, hacia este mundo acuático, y decidió crear algo a partir de él, y envió un pájaro para que hiciera este trabajo. Cuando el pobre pájaro llegó y vio el caos en el que todo estaba sumido, al principio no supo qué hacer. Pero, aleteando sobre las aguas y pisando la arena con sus patitas y golpeándola con su cola, el pájaro consiguió al fin crear algunas zonas de tierra seca. Y de este modo emergieron islas que flotaban en este mundo, un mundo flotante. Cuando los animales que vivían arriba en los cielos vieron lo hermoso que era el mundo, pidieron a Kamui que les dejara ir y vivir en él, y Kamui se lo permitió. Pero además, creó muchas otras criaturas, especialmente para el mundo. Las primeras personas, los Ainu, tenían cuerpos de tierra, pelo de hierba y espinas hechas con varas de sauce (por eso, cuando nos hacemos viejos, nuestras espaldas se doblan). Kamui envió a Aioina, el hombre divino, bajar desde el cielo, para enseñar a los Ainu a cazar y cocinar.

Los orígenes según los egipcios (Delta y ribera del río Nilo)


Antes del inicio del mundo, apareció Ra, El Luminoso. Era omnipotente y el secreto de su poder se hallaba en su propio nombre, que nadie más conocía. Gracias a su poder, le bastaba con nombrar una cosa para que cobrara vida instantáneamente, apareciendo como había aparecido él. “Al alba seré Jepri, Ra durante el día y Atom durante la noche”, dijo el dios, y mientras profería estas palabras, he aquí que se transformó en el sol que se levanta por el oeste, que cruza el firmamento y que se pone por el este. Y así acabó el primer día del mundo. Ra invocó a Shu y creó así el viento. Le dio su nombre a Tefnut, diosa del rocío y se hizo la lluvia. Después, pronuncio el nombre de Geb y la tierra surgió entre las aguas del océano. Llamó a Nut y apareció la diosa del cielo, que sostiene como un arco la bóveda celeste, apoyando los pies en un extremo del horizonte y las manos en el opuesto. Invocó a Hapy y así el Nilo, el río sagrado comenzó a discurrir por las tierras para hacerlas fértiles. Después, nombró todo lo que hay en la creación, y las cosas existían en cuanto las nombraba. Por último, dijo las palabras “hombre” y “mujer” y las tierras egipcias fueron habitadas por los humanos. Entonces, el propio Ra se transformó en humano y se convirtió en el primer faraón de Egipto.

Los orígenes según los ekoi (Sur de Nigeria)


En el comienzo, había dos dioses, Obassi Osaw y Obassi Nsi. Estos dos dioses crearon juntos todo lo que existe. Entonces Obassi Osaw decidió vivir en el cielo y Obassi Nsi decidió vivir sobre la tierra. Obassi Osaw, el dios del cielo, nos da la luz y la humedad, pero también trae las sequías y las tormentas. Obassi Nsi, el dios de la tierra, nos alimenta, y lleva a la gente de vuelta con él cuando muere. Un día, hace mucho tiempo, Obassi Osaw creó un hombre y una mujer, y les colocó en la tierra. Y como ellos no sabían nada, Obassi Nsi les enseñó a cultivar y a cazar para conseguir comida

Los Indios Apaches



Ellos creían que en el principio no había nada. De pronto, había un disco delgado con un hombre adentro. Después de despertar de su siesta voltió hacia arriba y apareció la luz, al voltear hacia abajo creó un mar de luz, al este él creó el amanecer y al oeste el atardecer. Después de crear toda la luz, juntó sus manos y las movió rápidamente hacia abajo. Apareció así una niña en una nube. Él le preguntó a la niña a dónde iba pero ella no le contestó. Ella le preguntó de dónde venía él, y él dijo que del este. Ella le preguntó dónde estaba la Tierra y él le preguntó a ella dónde estaba el cielo. Él cantó cuatro veces, que es el número de la suerte para los Apaches. Abrió sus brazos rápidamente y apareció el dios sol. Luego bajó sus manos y apareció un pequeño niño. Los cuatro dioses estaban ahora presentes y se dieron todos la mano, revolviendo su sudor, y después volvió a cantar cuatro veces sobre crear la Tierra. Después de juntar sus manos, apareció una bola café. La pateó y se expandió, la niña la patió y se volvió a expandir, luego el dios sol y el niño la patearon y se continuó expandiendo. Luego le dijo al viento que se metiera a la bola y la explotara. El Creador creó a más dioses para que supervisaran las cosas en la Tierra. Creó trabajadores para que ayudaran a construir la Tierra. Una vez que el trabajo había terminado, despareció, dejando a los otros la tarea de crear a la población de la Tierra.

Los Australianos



En Australia creen que la Tierra era plana y estaba vacía en el principio. No había luz, vida o muerte. El sol, la luna, las estrellas y los ancestros todos dormían bajo la Tierra. Cuando los ancestros se levantaban, caminaban por la tierra en forma humana, forma animal, forma de plantas o una combinación de formas. Había dos personas que se formaron de la nada y en sus caminatas por la superficie de la Tierra encontraban plantas, animales y humanos a medio terminar. Entonces les formaban cabezas, cuerpos y extremidades usando arbustos. Así fue como se formaron las personas sobre la superficie de la Tierra. Después del trabajo de la creación de las humanos los ancestros volvieron a dormir. Algunos volvieron debajo de la Tierra y otros se quedaron en forma de plantas o animales. Dejaron caminos sagrados, los cuales se pueden ver en forma de manantiales, rocas y árboles.